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Del otro lado del puente

Entre todas las inseguridades que me rodean, hay algo de lo que estoy un 80 % segura: la gente que vive en Samborondón pasa sus días, y sus noches, tranquila.

Hace un año llegué a Guayaquil por cuestiones laborales. Vivir sola en esta ciudad es toda una aventura. El primer paso para estabilizarme  fue conseguir casa. Sin pasar los límites del razonamiento, busqué sitios cerca de mi nuevo trabajo para ir conociendo de a poco la zona. Conseguí una mini suite en Miraflores. Recuerdo que al abrir la puerta había un mueble y una cocina; luego, un pasillo y dos pasos más allá la cama, un aire acondicionado, la tv, el baño y un armario. Mientras firmaba el contrato de $ 350 mensuales,  una de las primeras recomendaciones de la dueña fue evitar salir después de las siete de la noche. La calle principal está a cinco cuadras de donde yo vivía. Ese pequeño recorrido es, entre todo, oscuro y solitario. Es común escuchar de asaltos, especialmente a los estudiantes de la Universidad Casa Grande, porque no hay iluminación hasta que te encuentras en la zona comercial del barrio.

El siguiente paso fue aprender la ruta para llegar a tiempo al trabajo. Mis vecinos me dieron dos opciones: contratar un expreso para que me lleve todos los días o ir caminando. Si escogía la primera, tenía que asegurarme de que el conductor, en realidad, me deje en mi destino. Y si decidía caminar, debía ver constantemente atrás, por si a alguien se le ocurría seguirme; o estar alerta a un robo. En mi primera semana laboral, al anunciar que no soy guayaquileña, el primer tema de conversación entre mis compañeros fue la inseguridad. Nunca escuché a nadie decirme que Guayaquil es una ciudad bonita o moderna. Todos me contaron varios casos de secuestros express, de delincuencia y el delirio diario del tráfico. Nadie habló bien de su ciudad. Nadie.

Luego de cuatro meses de estar en Miraflores, y de pasar los días con un miedo que me fue contagiado por los que han vivido años acá, encontré por coincidencia un departamento en una de las urbanizaciones de la vía a Samborondón. Tiene dos cuartos, sala, cocina, comedor, dos baños, balcón y lavandería. La cantidad a pagar es $ 50 más que la suite donde vivía antes. Me pareció una diferencia mínima, considerando los precios del sector. La verdad es que todo esto viene a mi mente luego de leer varios textos en gkillcity, como Ya cruzaste el puente, donde Leira Araujo narra su tedioso regreso, por un día, a la UEES. En el post, ella dice que “vivir en la vía a Samborondón es estar de acuerdo en pagar más” y tiene razón. No pagas lo mismo en la Víctor Emilio Estrada que en Plaza Lagos. Sin embargo, si tomas un taxi en Guayaquil y le dices al conductor que te lleve a cualquier ciudadela de la vía, el precio siempre va a pasar los cinco dólares. En este caso, la tarifa ya no solo depende de la distancia, sino a un estatus impuesto. No he leído críticas sobre el abuso, en cuestión de transporte, pero es algo a lo que todos los que vivimos allá estamos expuestos.

En otro texto del mismo portal, José María León comenta que en la vía “tampoco existe la vida del barrio. Tiene una concentración de centros comerciales, a los que se sale como en pequeños desfogues de vida en comunidad”. Para mi percepción, ese no es un problema de la vía; eso se expandió desde Guayaquil. Si algo he aprendido en este año acá, es que el guayaquileño no conoce su ciudad. Si le pones un parque, y a un lado un mall, es probable que camine media hora por el área verde y el resto del día se la pase encerrado, recorriendo tienda por tienda, el centro comercial. Varias veces he preguntado de lugares para visitar en mis fines de semana libres, y las respuestas van desde “puedes visitar San Marino y de paso comes ahí”, “anda al Parque Histórico, es lindísimo” (que, por cierto, está en la vía) o “aprovecha y te vas a la playa que está más cerca”. Nadie me ha dicho, hasta el momento, que puedo visitar La Catedral, el Parque de las Iguanas o el Teatro Centro de Arte. 

Samborondón no es otro mundo. En mi trabajo diario de periodista, he visto que dentro de las urbanizaciones se trabaja para integrar a los habitantes del sector con programas, olimpiadas deportivas y demás.

Y poniendo esto en un plano más personal, hace algún tiempo una hermana de mi mamá junto a su hijo, quienes vivían en La Garzota, decidieron buscar una casa en la vía a Samborondón por cuestiones de seguridad. Luego, cuando ya se establecieron en una ciudadela y recibían al resto de la familia, mi tía tenía la tranquilidad de que, si los más pequeños estábamos jugando en el parque de la urbanización, no pasaría nada grave. Sin embargo, hace casi cinco años, un ocho de octubre, mi primo se fue a farrear por las fiestas de Guayaquil a un bar de Urdesa. Al siguiente día nos avisaron que estaba muerto por una sobredosis de escopolamina. Murió por tomar un taxi para regresar a su casa. Lo mataron en un acto que se supone es absolutamente ordinario, normal y recurrente como ir en taxi. Todo por robarle  $86. 

Donde actualmente vivo puedo salir segura,  y si me da la gana hasta las 12 de la noche. Puedo caminar, ir a comer o andar en bici. Que es una mierda el tráfico y el embotellamiento todos los días en el puente de la Unidad Nacional, es verdad; pero al llegar a Guayaquil, a una calle de dos carriles la transforman a una de cuatro. Todos los días, al pasar por la avenida Quito, veo a peatones cruzar cuando el semáforo está en verde con toda la tranquilidad del caso. En mi paisaje habitual, cuando me toca movilizarme de un lado a otro, la banda sonora de la ciudad es “¡pendejo, mira bien!” o “¡imbécil no ves que casi me chocas el carro!”.  Me parece bien intencionada la idea de León al querer recuperar las miradas hacia el centro de la ciudad. Pero si vives en Samborondón, pagar más no es sinónimo de vivir peor. Al contrario, creo, es paralelo a vivir con tranquilidad.