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Dios sí existe

No recuerdo exactamente cómo fue. Tengo escenas regadas en  mi memoria: Mauricio y yo tomando mucho ron, un taxi, de pronto algunas personas en el asfalto y mis extremidades sin sentir. Me costaba mucho respirar; trataba de hablar, decirle a alguien que me lleve a casa. No lo logré porque, de repente, comencé a alejarme de todo. Vi mi propio cuerpo en la calle lleno de sangre y sentí que una fuerza anormal me llevaba lejos de ese lugar.

No sé qué pasó después. Solo desperté en la nada. Después de unos segundos, minutos o días, Dios se acercó a mí, me beso la frente y dijo que había muerto por error. Yo no tenía que estar en ese accidente. Le pregunté de Mauricio y me contó que está vagando por el universo pagando sus pecados terrenales. A pesar de no tener derecho -no fui a misa en 29 años y no me confesé en 10-  le exigí al Señor que me dé una explicación. La muerte viene de la mano del sufrimiento de todos los que nos rodean. Los proyectos se mueren con uno. Las amistades se estacionan en la última vez que nos vieron y se obsesionan con los recuerdos. Alguien llora por las noches sin consuelo. ¿Cómo es que un ser tan perfecto como Dios puede equivocarse así?

Decidido a reparar el error, me propuso escoger a una persona de la Tierra, a cualquier ser humano, y mi alma regresaría a ese cuerpo. Mis ojos se iluminaron pensando en volver a la vida como Madonna pero me arrepentí al segundo. Elaboré una improvisada lista de nombres:

– Juan Villoro, porque siempre quise saber cómo vive un escritor famoso.

– Rafael Correa, para reparar un poco el daño que le ha hecho al país.

– Meryl Streep, para aprender a dominar todas las personalidades posibles en un solo cuerpo.

Dios me dio cinco minutos para tomar la decisión más importante de mi vida (o de mi muerte, dependiendo de cómo lo vean). Mientras tanto escuchaba Here comes the sun de los Beatles para no aburrirse. En un segundo de lucidez, vino a mi mente el ritmo de It don’t come easy de Ringo Starr. Siempre he pensado que la humanidad está en deuda con el cuarto Beatle. A pesar de que su solo en The End fue grabado en una sola toma, nunca tuvo el protagonismo justo. De hecho, de los chicos de Liverpool, es el único que no es tratado como una leyenda.

Imaginé lo divertido que sería hacer de Ringo, por ejemplo, un amante de las causas perdidas que camina día a día tratando de cambiar el mundo. La prensa internacional se interrogaría por qué abandonó la música, se publicarían un montón de teorías, el mundo no lo creería. Se lo comenté a Dios y luego de una mueca de asombro lo aceptó. Habían pasado exactamente cinco minutos.

El viaje a la Tierra duró una eternidad y mi aterrizaje fue un poco brusco. Caí en un cuerpo con arrugas, cicatrices y alcoholizado. Me costó adaptarme pero luego de algunos meses lo logré. Ahora soy un activista que grita lo felices que fuésemos aplicando la palabra “open” a todo. ¿Qué otra cosa queremos hacer sino escuchar nuestras canciones favoritas, mirar los partidos de fútbol y leer lo que se nos antoja sin impedimentos?  La prensa me dice #HippieStarr y creo que ya soy popular, al menos en Internet.

A veces me preguntan si es posible mi retorno al espectáculo y por qué no un reencuentro con Paul, pero les respondo que ese Ringo murió. Ahora soy una persona que vive en una casa normal, que maneja un carro normal y que tiene amigos normales. La fama y la  fortuna han quedado atrás. Quise sonar lo menos rockstar posible, pero no hay nada más rockstar que dejar la fama para comenzar a vivir con necesidades.

Afortunadamente la muerte de Ringo no se lo toman literal.