El 2015 fue feliz porque fue gigante

Ya se acaba este año y es necesario cerrar ciclos. Sin duda, el 2015 fue uno de los mejores periodos de mi vida. Lo empecé apostando todo por amor. Con el paso de los días fui recibiendo varias bendiciones: viajé más que el 2014; me reuní con amigos que pensé nunca más volvería a ver; obtuve mi título de Licenciada con buenas calificaciones; gané el primer lugar en un concurso nacional de relatos; encontré un trabajo donde todos los días aprendo algo.  Sin embargo, la mejor bendición fue volver a abrazar a mi hermana luego de dos años y recibir a mi sobrina Anna Julia.

El 2015 me enseñó a soltar en contra de mi voluntad y hoy lo agradezco. Aprendí a decir adiós aunque no quiera. Dolió -duele- mucho, pero con cada adiós me quedé -me quedo- en esa persona como anidando en su árbol: sin robarle la sombra, sin sacarle la luz; me quedo en él y se queda en mí desde las ramas hasta la raíz.

También perdí. Perdí a mi abuelo y uno de los pocos recuerdos que me quedaban del primo que aún lloro en la eternidad. Perdí la esperanza en algunas amistades.  Como dice Fito: Giros, dar media vuelta y ver qué pasa allá afuera, no todo el mundo tiene primaveras…

Sin embargo, a pesar del dolor y las pérdidas, este año fue feliz porque fue gigante. Y fue gigante porque encontré la felicidad en las cosas más sencillas de la vida. Me convertí en caminante que hace camino al andar. Fueron 365 días de construir un puente de amor a la vida.

2015, gracias por venir…

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