El amor sin nombre

*Texto ganador en el II Concurso Nacional de Relato Juvenil “Voces en tinta”

Era una noche para perderse en las luces del bar del hotel. De fondo se escuchaba un jazz romántico, de ese que provoca pedir al barman un whisky y sentarse a observar a la gente. No dudé en hacerlo, por supuesto. Dejé de dudar en cometer actos cotidianos desde que tengo 10 años. Al contrario, intento hallar la magia de la cotidianeidad. Con vaso en mano, de pronto, se me ocurrió mirar a la única pareja que estaba bailando en la pista. Con mis ojos recorriendo los metros del lugar, también observé al solitario que intentaba acercarse a la chica de la mesa de al lado. Por los gestos del hombre, sus nervios eran evidentes. ¡Qué fácil es tejer una manta de conjeturas! Tal vez esos novios estaban de luna de miel. Tal vez eran amantes. Tal vez aquel chico se sentía enamorado de la mujer que a lo único que le prestaba atención era a su celular. Tal vez el amor es eso, fijarnos en quien no nos ve.

Suposiciones inútiles, pensé. Unos minutos después llegó un mensaje a mi teléfono. Era Paula recomendando que me acostara temprano para no perder el vuelo a París. Agradecí su gesto, terminé de tomar mi licor y subí a la habitación.

Los hoteles tienen un encanto diferente. Al caminar por los pasillos escuchas a los huéspedes conversar de todo y de nada. En los ascensores la gente se mira, pero no habla. En segundos, al cruzar esa puerta metálica, uno pasa del ruido sin mensaje al silencio ensordecedor. Además están los olores, una mezcla de aire sofisticado y desinfectante de pisos. Está el orden de las habitaciones, el blanco de las paredes, el chocolate debajo de la almohada. Un hotel es un maquillaje a las necesidades diarias.

Llegue hasta la puerta del cuarto y me detuve para buscar la llave. Las mujeres solemos complicarnos la existencia, por ejemplo, usando una cartera donde no entra todo lo que tenemos que guardar pero que combina con nuestro vestido. En mi cartera guardaba un labial rojo, un perfume pequeño, unas tarjetas de presentación y el teléfono. Evidentemente ya no había espacio para la llave, por eso seguramente la dejé en la mesa del bar.

Con gestos en mi cara que mostraban la molestia por tener que regresar, tuve que recoger mis pasos; todo por andar distraída con mis conjeturas cotidianas. A veces siento que debería hacer de la escritura, mi profesión. Resulta atractivo -hasta que olvidas objetos- eso de andar por el mundo observando cuerpos e inventándoles historias para acompañar la soledad.

Mientras llegaba nuevamente al bar, noté que había más gente en el lugar. Choqué con varios que bailaban hasta llegar a la mesa que había ocupado un momento anterior, pero ya estaba alguien más; una pareja elegante. Él llevaba un terno gris y ella un vestido rojo. Me desconcentré tanto de mi objetivo principal por verlos juntos, disfrutando del ambiente, que casi sin poder evitarlo llamé su atención. Para no quedar como una voyeur cualquiera me acerqué un poco más para hablarles, pero en ese momento mis piernas ya temblaban más de lo normal. ¿Será posible que en esa mesa esté el amor de mi vida? ¿Por qué mi corazón late a mil por hora? ¿Por qué no atino a decir una sola palabra? ¡Ya basta Brenda! Toda la vida has esperado este momento y no puedes dejar que ahora los nervios te ganen la batalla.

– Buenas noches. Soy Brenda – dije.

– Hola, Brenda. ¿Te podemos ayudar en algo? – respondió él con una sonrisa que brilló ante mis ojos.

– Sí. Hace un momento dejé aquí la llave de mi habitación. ¿Será que ustedes la vieron?

– ¡Qué bueno que volviste, porque la guardamos por ti! – dijo ella.

La circunstancia me estaba enseñando que es más determinante lo que olvidas en la mesa que lo que guardas en la cartera. Si no hubiese olvidado mi llave, no estaría ahora frente a la única persona que ha logrado penetrarme sin tocarme.

Aún no avanzaba a agradecer por el gesto cuando él me invitó a sentarme para tomar un trago en su compañía, como esos amigos del colegio que se encuentran después de muchos años y tienen anécdotas que intercambiar. ¡No podía negarme a tremenda invitación! Aunque conversamos de todo un poco, de dónde venimos, quiénes somos y a dónde queremos ir, las miradas nos delataron. Entre varios shots de Tequila ya no éramos tres en la mesa, sino dos. Sin decir una palabra, entendimos que la intención era emborrachar lo suficiente al que estaba de más, para tomar nuestras manos y escapar.

Luego de dos horas de tertulia conseguimos hacerlo. Fue fácil llevar un cuerpo descompuesto por el alcohol a la habitación y dejarlo descansar hasta el siguiente día. Para ese momento ya no me importaba mi vuelo a París ni los planes de la semana. La vida me había puesto en el camino la única oportunidad de amar y no la desaprovecharía por nada.

Luego de que se quedara acostado, dormido, en la cama del dormitorio, fuimos a mi cuarto con las manos entrelazadas. Al entrar, me detuve para abrazarla y agradecer su presencia. Se quitó el vestido rojo y me enseñó lo mucho que había que recorrer por su piel. Conté cada uno de sus 47 lunares. Contemplé su forma, me enredé en su cabello y me enamoré de su olor. Amanecer con ella fue ver el sol dos veces. ¿Qué cosas, no? Pasamos una y mil noches buscando recibir el mismo día, hasta que lo encontramos en el cuarto de un hotel cualquiera. Al estar piel con piel, abrazadas, le pedí que se quedara un rato más. Había vivido, junto a ella, el momento más feliz de mi existencia.

Dos horas después se levantó para cambiarse e irse. Tenía que revisar el estado de su novio. Uno de los gestos más honestos de las personas es romperse; ella y yo lo hicimos porque sabíamos que sería la última vez que estaríamos juntas. Antes de cerrar la puerta me dio un beso y dijo “Que tu recuerdo me acompañe siempre”. Desde entonces espero encontrarla en cada hotel que visito. La veo en cada jazz, la siento en cada whisky.

Hay almas que perdemos y que nos pierden, junto con la esperanza de vernos regresar. Y aunque aquella noche vivimos juntas la primavera más hermosa, no me dijo su nombre. Por eso, justamente, no la olvidaré; porque fue lo que nunca imaginé.

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