Eppur si muove

Yo lo amé. Pienso eso desde hace varios días. Mientras camino o tomo café; mientras encuentro figuras en las nubes. Mario (mi compañero de viajes, de amores perdidos y encontrados, colega y demás) me dice que no solo lo pienso, sino que estoy tratando de convencerme de que me enamoré, de que soy un ser humano consciente de su capacidad de amar.

Es difícil y placentero continuar el camino sin una sombra al lado. Hay quienes dicen que el amor es aceptar y aprender a vivir con los defectos del otro. Yo no lo logré, pero lo amé. Y digo que no lo logré porque grité desaforadamente la última vez que vi el cajón de la ropa desordenado. También tiré la puerta justo en el último reclamo. Y a pesar de todo eso, lo amé. Lo hice incluso cuando me fue infiel. Identifiqué los límites de mi paciencia y los extendí; desde entonces mi realidad dejó de ser un sufrimiento. Nadie entendía que, aunque ya no me preocupaba que no llegue a dormir a casa, yo lo seguía amando. Aunque su olor fuera de otra piel.

Yo también lo engañé. Puedo justificarme y decir que literal y legalmente no fue infidelidad porque estábamos separados, pero siento que lo engañé. Fue una tarde de un mes cualquiera en la que habíamos decidido ir por caminos distintos cuando agarré mi gorro de invierno, mi morral, mis audífonos y me fui de su vida por cuatro meses. Dos días después de haber tomado esa decisión, conocí a alguien. Un tipo simpático, de buena conversación. Con el paso del tiempo nos hicimos amigos. Luego de un par de salidas, nos convertimos en amantes. Yo me sentía plena porque era todo lo contrario a lo que había vivido en los tres últimos años de mi vida. No sabía que me gustaban los hombres engreídos y sofisticados hasta que encontré a uno. Probar otra boca y otras manos fue lo mejor que me pasó en ese tiempo. Pero mientras me convertía en la amante de ese hombre, el otro aquel trataba de convencerme de que podíamos intentarlo una vez más; y vino la soledad de las múltiples opciones. Pensé en quedarme con los dos y en quedarme con ninguno. Al final terminé escogiendo a mi pasado para convertirlo en presente una vez más.

Desde entonces sabía que lo amaba porque nosotros no solo sentíamos el amor, sino que lo veíamos en cada amanecer. Porque con él mis ojos se llenaron muchas veces de inocencia blanca y también de rabia pura. Porque siempre observábamos juntos el paisaje y luego tomábamos la foto, y no al revés. Porque hacíamos lo mismo pero de manera distinta. Porque a la misma nube le encontramos mil formas diferentes. Porque nunca le temimos a nuestras alturas, sino a nuestras profundidades, y de eso se trata el amor. Porque en mi mundo solitario, yo sí veía un futuro con él.

Sé que lo amé porque el último adiós no me rompió. Porque el amor es libertad y porque también se demuestra dejándose ir. Sé que lo amé porque luego de tanta vida juntos, tal vez no era desamor, sino el momento adecuado para decirnos adiós.

Porque a pesar de todo y sin embargo, gira.